Extinción o decrecimiento

El humorista y cineasta norteamericano Woody Allen [...] dijo respecto de la civilización actual globalizada: “hemos llegado a una bifurcación decisiva. Un camino nos lleva a la extinción de la especie y el otro a la desesperación. Espero que seamos capaces de tomar la decisión correcta”.

Un desvío lleva a la extinción. El otro genera hambre, guerras, pandemias y que probablemente esté controlado por un poder fascista o totalitario, que ya se está imponiendo como necesidad de corromper y contaminar para obtener beneficios.

Hay, para algunos, una tercera vía: el decrecimiento, la elección consciente de la sobriedad. Para eso tenemos que crear otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres que genere felicidad y pueda ser generalizada. Las sociedades que autolimitan su capacidad para producir también pueden ser alegres y vivir bien con menos bambolla de trastos inútiles y desechables que nosotros.

Los que tenemos algunos años hemos alcanzado a ver cómo se vivía con confianza y tranquilidad, con las puertas abiertas, sentados a la puerta conversando los adultos y jugando a la pelota los chicos en la calle...

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Dado que los medios no dejan de presionar hacia la austeridad dibujándola como la única salida, he querido recordar que hay otra salida posible. Sigo convencido de que la tomaremos antes o después, y mejor que sea antes y voluntariamente. De lo contrario llegaremos a ella por el camino del sufrimiento provocado por la codicia de unos pocos. Insisto en lo de voluntariamente. Somos el resto el que debemos descubrir ese camino y empezar a seguirlo. Cuánto antes comencemos ese cambio de mentalidad personal, antes nos adaptaremos a los nuevos tiempos y antes sacaremos provecho de los cambios...

El aikido y la no confrontación

Por Gaspar Hernández.

La política española es cada vez más un reflejo de la infantilización de la sociedad. Estar sistemáticamente los unos contra los otros, los de derechas contra los de izquierdas (si es que aún existen los partidos de izquierdas y derechas, por mucho que vayan predicándolo); creerse unos con la razón y negarla a los otros es un esquema de cómic, de películas de buenos y malos, de mentalidad de Bush que exige tener a un enemigo sea como sea.

Dice el escritor estadounidense Jonathan Franzen, autor de Libertad, una de las mejores novelas del año pasado: «La politica me parece muy tonta, muy simple: exige que uno piense que tiene la razón y que el contrario está equivocado».

Del doctor en filosofía y niponólogo Vicente Haya aprendí que en Japón el arte supremo es no pelearse: la no confrontación. El saber vencer no es un arte. El arte es ser capaces de esquivar el encuentro.

Esto quiere decir desarrollar nuestro ingenio. No para ganar, sino para rehuir el combate. «En Japón, el que encuentra una salida tiene más talla», me dijo el maestro Vicente Haya: «Es más persona, porque ha sabido encontrar una solución sin violencia».

Es poco probable que, de repente, los líderes politicos -o los de los sindicatos, por poner otro ejemplo inquietante- decidan rehuir el combate. Por eso me atrevo a sugerir el camino de en medio, que propone el aikido.

Aunque este arte marcial tiene muchos puntos en común con lo que acabamos de explicar, porque durante su práctica, si alguien nos intenta golpear, sencillamente no nos encuentra, porque nos hemos desplazado. El atacante no se encuentra con nadie que le pare el golpe o que se lo devuelva, como explica el doctor Mario Alonso Puig en su reciente libro Ahora yo (Plataforma).

NO ENFRENTE, SINO AL LADO

Por otra parte, según escribe, cuando alguien agarra a un aikidoka, este, en lugar de anularlo directamente, se alinea con el atacante, se pone a su lado. «Si esto lo lleváramos al mundo del conflicto humano, equivaldría a ponerse al lado del oponente a fin de entender su mundo y la manera en la que está percibiendo las cosas», escribe Mario Alonso Puig.

No se trata de estar de acuerdo con su conducta, sino de descubrir de dónde surge.Solo desde esta conexión, el aikidoka puede redirigir a su oponente a un lugar que no sea destructivo, sino constructivo.

El resumen que Mario Alonso hace de las caracteristicas que debe reunir un maestro de aikido es magnífico, y nos puede ser útil; no sólo politicamente hablando. En primer lugar, el aikidoka es capaz de caerse sin «romperse»: es decir, se levanta rápidamente, practica «el arte de rodar», el avance constante.

Flexibilidad y resiliencia ante la adversidad: si caes siete veces, levántate ocho. El creador del aikido, el maestro Morihei Ueshiba, exhortó a sus discipulos a que usaran este arte marcial para inmovilizar al atacante, evitando en la medida de lo posible dañarlo. El atacante o enemigo, como animal herido, vive a veces un infierno de sufrimiento.

El aspirante a maestro de aikido no rechaza lo que aparece en su presente, sino que lo acepta y lo abraza, porque sabe que es una gran oportunidad, leemos en el libro, «por una parte, de servir de instrumento para la actuación del universo y, por otra, de descubrir aquello que estaba oculto». Eso requiere, por otro lado, paciencia. Es decir, saber adaptarse a los ritmos naturales de las cosas. Todo lo contrario de lo que sucede en la actualidad. Echamos de menos a politicos aikidokas. Si es que alguna vez han existido.

Lamentos finales

Quizás pueda parecer un poco macabro, pero creo que conocer el punto de vista de una persona que trabaja acompañando las últimas horas de la vida de muchas personas puede ayudar a dar un empujón de la vida que llevamos a la que realmente deseamos llevar. Ojalá sea así. Sin duda, son cinco puntos que obligan a reflexionar, a inspeccionar la vida que llevamos y que invita a tomar las riendas (por fin) de un camino en el que muchos llevamos mucho tiempo dejándonos llevar sin dedicar un sólo segundo a decidir nuestro camino.

Traducido de Los cinco lamentos de la muerte

Una enfermera ha grabado los lamentos más comunes de los moribundos, y entre los primeros está el "Ojalá no hubiese trabajado tan duro". ¿Cuál sería tu mayor lamento si este fuese tu último día de vida?

Por Susie Steiner.

No había ninguna mención sobre tener más sexo o saltar en paracaídas. Una enfermera de paliativos que durante años ha aconsejado a moribundos en sus últimos días, ha publicado los arrepentimientos más comunes que damos al final de nuestras vidas. Y entre los más frecuentes, de hombres en particular, está "Ojalá no hubiese trabajado tan duro".

Bronnie Ware es una enfermera australiana que pasó varios años trabajando en cuidados paliativos, en atención de pacientes en sus últimas 12 semanas de vida. Publicó las epifanías de sus pacientes en un blog llamado Inspiration and Chai, que llamó tanto la atención que ella llevó sus observaciones a un libro llamado Los cinco lamentos más habituales de los que van a morir.

Ware habla de la fenomenal claridad de visión que la gente obtiene al final de sus vidas, y de cómo podemos aprender de su sabiduría. "Cuando se le preguntó sobre lo que se arrepentian o sobre cualquier cosa que ahora harían de manera diferente", dice ella, "surgieron los mismos temas una y otra vez".

Aquí están los cinco lamentos habituales ante la muerte, vividos por Ware:

1. Ojalá hubiera tenido el coraje de vivir una vida fiel a mí mismo, y no la vida que los demás esperan de mí.

"Este era el lamento más común de todos. Cuando las personas se dan cuenta que su vida está a punto de terminar y echan la vista atrás, es fácil ver cuántos sueños nunca se han cumplido. La mayoría de la gente no había cumplido siquiera la mitad de sus sueños e iba a morir sabiendo que era debido a las elecciones que había hecho, o no hecho. La salud aporta una libertad de la que muy pocos se dan cuenta, hasta que ya no lo tienen".

2. Ojalá no hubiese trabajado tan duro.

"Esto lo dijo cada paciente de sexo masculino que cuidé. Echaban de menos la juventud de sus hijos y la compañía de su pareja. Las mujeres también mencionaron este lamento, pero como la mayoría eran de una generación anterior, muchas no habían sido madres de familia. Todos los hombres que cuidé lamentaron profundamente malgastar tanto tiempo de sus vidas en la rueda de hamster que es el trabajo".

3. Ojalá hubiera tenido el coraje de expresar mis sentimientos.

"Mucha gente suprimió sus sentimientos con el fin de mantener la paz con los demás. Como resultado, se conformaron con una existencia mediocre y nunca llegaron a ser lo que eran realmente capaces de llegar a ser. Muchos desarrollaron enfermedades relacionadas con la amargura y como resultado del resentimiento que arrastraban".

4. Me gustaría haber estado en contacto con mis amigos.

"A menudo no se daban cuenta de todas las ventajas de sus viejos amigos hasta sus últimas semanas y para entonces no siempre era posible localizarlos. Muchos de ellos habían llegado a estar tan atrapados en sus propias vidas que habían dejado correr sus amistades doradas en los últimos años. Hubo muchos lamentos profundos acerca de no haber dado a las amistad el tiempo y esfuerzo que merecían. Todo el mundo echa de menos a sus amigos cuando están muriendo".

5. Ojalá me hubiese permitido a mi mismo ser más feliz.

"Este es un lamento sorprendentemente común. Muchos no se dan cuenta hasta el final de que la felicidad es una elección. Se habían quedado atascados en viejos patrones y hábitos. El llamado "confort" de la familiaridad rebosó en sus emociones, así como en sus vidas físicas. El miedo al cambio les hacía mostrar a los demás, y a sí mismos, que estaban felices, cuando en el fondo anhelaban reír realmente y llenar su vida de tonterías".

La pausa de la que todo lo demás depende

Traducido a partir del artículo de Leo Babauta.

Hay un pequeño hábito que he aprendido y que ha cambiado todo lo demás en mi vida.

La pausa.

Cuando fracasamos, es porque actuamos en base a impulsos sin pensar, sin darnos cuenta. Tenemos ganas de comer comida basura, y lo hacemos. Tenemos necesidad de revisar el correo electrónico en lugar de escribir, y por eso abrimos nuestra bandeja de entrada. Tenemos ganas de fumar, beber, mordernos las uñas, jugar a un juego de Facebook, posponer las cosas, saltarnos un entrenamiento, comer más papas fritas, criticar, actuar por celos o por ira, ser grosero/a ... y actuamos en base a esa necesidad.

¿Pero qué pasaría si en lugar de eso aprendemos a hacer una pausa después de cada impulso? ¿Y si nos detuviesemos, observasemos ese impulso, prestasemos mucha atención a cómo lo sentimos dentro de nuestros cuerpos, pero no actuasemos?

La urgencia ya no nos controlaría. Podríamos ser capaces de tomar decisiones conscientes que fuesen más saludable para nosotros, nos ayudarían a ser más felices.

Si somos capaces de hacer una pausa, creamos espacio. Espacio para respirar, para pensar, para estar sin actuar.

La pausa es la respuesta a muchos de nuestros problemas. Una cosa tan pequeña y tan poderosa.

Para desarrollar la pausa, presta atención a tu próximo impulso. ¿Es una necesidad de conectarte para buscar algo? ¿O de comer algo que sabes que no es saludable para ti? Presta atención a la urgencia, aprende todo lo que puedas sobre ella. Si aún así actúas después de la pausa, no hay problema. Sencillamente siéntela, haz la pausa, y presta atención.

Hazlo de nuevo para el siguiente impulso, y el siguiente. Serás bueno con la práctica, y tendrás un montón de oportunidades para practicar.

Los impulsos no desaparecerán, pero tu capacidad para hacer esa pausa se ​​hará más fuerte. Y cuando consigues hacer la pausa, lo consigues todo.

̶̶-Los hombres de tu tierra —dijo el principito— cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.

̶̶-No lo encuentran nunca —le respondí.

̶̶-Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua...